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IV Domingo Cuaresma |
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IV Domingo Cuaresma
15 de Marzo de 2026
(Consulte el Archivo para ver reflexiones pasadas y futuras.)
1 Samuel 16: 1b, 6-7, 10-13a; Salmo 23; Efesios 5: 8-14; Juan 9: 1-41
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Domingo Cuaresma (A) |
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1. -- Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
2. -- P. Jude Siciliano OP <FrJude@JudeOP.org>
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1.
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IV Domingo de Cuaresma
3/15/2026
Samuel 16: 1b,
6-7, 10-13;
Efesios 5:
8-14;
Juan 9: 1-41
Abre Mis Ojos Señor
De todos los Evangelios del año litúrgico, el que más me parece una novela es lo que leemos hoy. Claro que el tema sobresaliente es la curación del mendigo ciego, pero hay muchos dramas que se desarrollan durante el transcurso del relato. Hay que tener en cuenta que el drama que encontramos habla también de nuestra ceguera y la posibilidad que Jesús nos da para ver con más claridad la verdad de su poder.
Encontramos con Jesús y sus discípulos en el camino un sábado. Al pasar, ellos vieron a un ciego de nacimiento, mendigando para mantenerse. Los discípulos hablan del mendigo como si no estuviera presente, preguntando a Jesús quien tiene la culpa por su ceguera. Ni siguiera toman en cuenta el desprecio que le muestran al ciego. Jesús, al contrario, niega la culpabilidad del hombre y lo toma bien en serio.
Fíjense que el hombre no pidió un milagro de Jesús. Ni abrió la boca. Es Jesús que toma la iniciativa, haciendo lodo con la saliva, poniéndolo en los ojos del ciego y diciéndole que vaya a lavar en la piscina de Siloé. Y cuando vuelve, viendo por primera vez en su vida, Jesús no se encuentra. Pero el mundo del ciego ha cambiado completamente. Ya no tiene la identidad de “ciego”. Ya no es un mendigo. Ya no depende de la limosna de los fieles. Ya es hombre responsable de su vida. Y el que pasó toda su vida sufriendo de ceguera, ve la realidad, la verdad que los demás no ven, la presencia de Jesús como profeta y hombre de Dios.
Es un relato dramático que usa el Evangelista Juan para enseñarnos que Jesús es la Luz del mundo y que es solamente con su luz que podemos ver. El Evangelista nos muestra grupos de personas con la posibilidad de ver, como los fariseos, que se enfocan tanto en los detalles de la ley que pierden la presencia de Dios. Usan la ley para justificar su ceguera y no reconocer la realidad de Dios presente. Su autoimportancia les hace ciego a la verdad, a la bondad, y a la justicia.
La invitación de la Cuaresma es vivir orientados por la luz de Cristo. Con el bautismo, entramos en la realidad de esta luz; somos capaces de reconocer la presencia de Dios en sus obras. La tentación es enfocarnos en los detalles, como los fariseos, y perder de vista esta orientación de vida. El mensaje del Evangelio es encontrar de nuevo la presencia de la bondad, la justicia, y la verdad.
La Cuaresma nos da la oportunidad para reflexionar sobre la manera en que vemos la realidad. Siempre hay varias posibilidades para entender lo que pasa. Por ejemplo, en la vida matrimonial, podemos enfocarnos en las debilidades de la pareja; o podemos enfocarnos en la fidelidad y la posibilidad de crecer. En la vida diaria, podemos preocuparnos con lo que nos falta; o podemos preocuparnos con las bendiciones de la vida. En la vida espiritual, podemos torturarnos con nuestra culpabilidad; o quizá nos podemos dejar llevar por el amor misericordioso de Dios. En la vida parroquial, podemos dejarnos llevar por las diferencias entre los feligreses, o podemos vivir dentro del espíritu de unidad. Es la luz de Dios que nos deja ver bien.
Hay tanto simbolismo en el Evangelio. Podemos vernos en la vida del ciego. Dios toma la iniciativa de acercarse a nosotros. Dios limpia nuestros ojos, aunque en maneras que no son de nuestro agrado, como con el lodo. Es Dios que nos invita a seguir a Jesús, aunque el camino nos traiga complicaciones. Es Dios que se revela como Mesías en nuestra vida. Nos toca abrir los ojos como el ciego y proclamar que Dios está presente.
Ya estamos al medio de la Cuaresma. Pedimos a Dios que nos dé una visión nueva, para caminar en la luz de su amor, su perdón, y su misericordia.
Sr. Kathleen Maire OSF <KathleenEMaire@gmail.com>
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2.
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“PRIMERAS IMPRESIONES”
CUARTO DOMINGO DE CUARESMA (A)
15 de marzo de 2026
1 Samuel 16: 1b, 6-7, 10-13a; Salmo 23; Efesios 5: 8-14; Juan 9: 1-41
Por: Jude Siciliano , OP
Queridos predicadores:
Preaviso: ¿Puedo sugerirte una obra de Cuaresma? Cada semana, enumero a continuación los nombres de tres reclusos condenados a muerte en Raleigh. ¿Te importaría enviarles una postal o una nota? Podrías decirles que estás rezando por ellos esta Cuaresma. Puedes incluir tu nombre y dirección del remitente, pero no es obligatorio. Jesús estuvo condenado a muerte, y nos acercamos a los relatos evangélicos de su ejecución.
Como comunidad parroquial, escuchemos atentamente lo que Pablo nos dice en Efesios. Nos da un recordatorio conmovedor: «Hermanos, antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor». Observemos que Pablo no dice que simplemente estábamos en tinieblas; dice que éramos tinieblas. Esa era nuestra identidad. Pero mediante el bautismo, Cristo nos transformó en lo más profundo de nosotros mismos.
Hoy habla a nuestra parroquia, recordándonos quiénes somos realmente. La Cuaresma no se trata de convertirnos en algo nuevo por puro esfuerzo. La voz de la Cuaresma nos llama a recordar la verdad de quiénes ya somos en Cristo. Ayunamos, oramos y damos limosna no como un proyecto de superación personal, sino como una forma de aclarar nuestra visión, eliminando todo aquello que apaga la luz interior.
Así pues, Pablo nos insta: «Vivan como hijos de la luz». La luz advierte y revela. A través de nuestras disciplinas cuaresmales, esperamos que la luz de Cristo exponga lo oculto, o lo que hemos preferido no ver: resentimientos, hábitos egoístas, indiferencia hacia los pobres, compromisos con la honestidad y otras sombras silenciosas en nuestras vidas.
Cuando la luz de Cristo brilla y revela lo que preferiríamos evitar, puede resultar incómodo. Sin embargo, incluso esa incomodidad es gracia. La luz se convierte en un don sanador; nos expone para sanarnos.
El pasaje termina con lo que pudo haber sido uno de los primeros himnos cristianos:
“Despertad, vosotros que durméis, y levantaos de entre los muertos,
Y Cristo te dará luz”.
Esto describe hermosamente lo que la Cuaresma puede ser para nosotros: un despertar. Podemos pasar por la vida medio dormidos, distraídos, espiritualmente somnolientos. Este tiempo sagrado nos sacude suavemente y nos dice: «Despierta. Recuerda quién eres. Vives en la luz».
¿Irradia nuestra parroquia la luz de Cristo al mundo que nos rodea? ¿Estamos llamados a brillar con más claridad al abordar problemas que hemos pasado por alto? ¿Dónde está la oscuridad entre nosotros y a quién afecta? ¿Cómo podemos proyectar una luz constante de compasión, justicia y perdón? Para la Pascua, esperamos poder decir que la luz de Cristo se ha fortalecido en nuestra comunidad, una luz que nos ayuda a ver con más claridad nuestro mundo necesitado y nos muestra cómo debemos actuar.
Existe una fuerte conexión entre la lectura de Efesios y el Evangelio de hoy de Juan. En Efesios escuchamos: «En otro tiempo eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de la luz». Pablo no solo enseña un comportamiento ético; les recuerda a los creyentes su nueva identidad. En el bautismo, pasamos de las tinieblas a la luz. Nuestra tarea ahora es vivir exteriormente lo que ya somos interiormente.
Esta transformación se dramatiza en la historia evangélica del hombre ciego de nacimiento. Jesús declara: «Yo soy la luz del mundo», y luego devuelve la vista a un hombre que nunca había visto. La historia comienza sencillamente: «Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento». Sin embargo, la curación física es solo el comienzo. A medida que avanza la narración, queda claro que no se trata solo de una historia de recuperación de la vista.
La visión espiritual del hombre se desarrolla por etapas. Primero, llama a Jesús «el hombre». Después, «un profeta». Finalmente, confiesa: «Creo, Señor», y lo adora. Mientras tanto, la ironía se agudiza: quienes afirman ver —las autoridades religiosas— se ciegan cada vez más. Se aferran obstinadamente a su certeza y rechazan la misma luz que tienen ante sí.
En plena Cuaresma, la Escritura nos invita a examinar nuestra propia visión. ¿Es posible ser religioso y aun así ignorar lo que Dios hace en nuestras vidas y en nuestra parroquia? Quizás conozcamos el lenguaje y las doctrinas de la fe, pero nos resistamos a la luz transformadora que Dios nos ofrece en esta Cuaresma. Inspirados por las lecturas de hoy, podríamos preguntarnos: ¿En qué aspectos sigo ciego? ¿Qué verdades sobre Dios, sobre mí mismo o sobre los demás evito? ¿De verdad quiero ver?
El hombre ciego de nacimiento llega a la fe de forma sencilla. Va, se lava y, poco a poco, expresa la verdad que experimenta. Es un modelo para nosotros. El cambio se produce gradualmente. La comprensión se desarrolla paso a paso. No pasamos de la oscuridad a la luz instantáneamente, pero sí avanzamos hacia ella.
El cuarto domingo de Cuaresma se llama tradicionalmente "Domingo Laetare", del latín Laetare, que significa "Alégrate". Incluso en medio del ayuno y la penitencia, hay alegría. La luz ya brilla. Cristo no avergüenza ni acusa al ciego; lo busca, incluso después de que otros lo rechazaran. La luz de Cristo no es una interrogación severa. Es una iluminación sanadora.
Nuestra comunidad parroquial está llamada no solo a caminar en la luz, sino también a ser luz para quienes son excluidos, juzgados o abandonados a su suerte. Cuando los miembros de la comunidad cristiana reflejan la paciencia y la misericordia de Cristo, la gente comienza a comprender que la Cuaresma se trata de entrar en la luz, confiando en que Aquel que abrió los ojos de los ciegos sigue obrando entre nosotros.
Las Escrituras son claras: estamos llamados a ser luz no en abstracto, sino para la gente real en la oscuridad real:
· Aquellos que están de duelo o solos
· Aquellos agobiados por la vergüenza o el fracaso
· Aquellos que luchan económicamente
· Los excluidos o juzgados
· Los que se sienten invisibles
Puede que no tengamos todas las respuestas, pero podemos llevar la luz de Cristo a la oscuridad. La luz puede ser una palabra amable, una amistad firme, una postura valiente a favor de lo correcto, una parroquia que acoge en lugar de filtrar.
Mientras muchos tropiezan en las sombras, incluso una pequeña llama puede marcar la diferencia. Cristo no nos pide que creemos la luz. Solo nos pide que dejemos que su luz brille a través de nosotros.
Haga clic aquí para obtener un enlace a las lecturas de este domingo:
https://bible.usccb.org/es/bible/lecturas/031526.cfm
P. Jude Siciliano, OP FrJude@JudeOP.org
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