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VI Domingo de la Pascua

5/10/2026

 

Hechos 8:5-8, 14-17;
Pedro 3: 15-18;
Juan 14: 15-21

 

“Yo Estaré Siempre con Ustedes”

 

En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús sabía que los discípulos tendrían que pasar por un periodo de confusión y tristeza después de su muerte y pasión.  Es verdad que tendrían momentos de alegría viéndole después de la Resurrección, pero tendrían que también seguir viviendo sin su presencia corporal, sin sus palabras de aliento, y sin su compañía cuando tuvieran problemas.  Por eso, dice que rogaría a su Padre y Él les enviaría un Consolador que estaría siempre con ellos.  Les asegura que no va a dejarlos desamparados ni huérfanos.  El Espíritu de su presencia estará siempre con ellos, para darles el aliento y consuelo que antes tuvieron por parte su él.  

 

Esta promesa de Jesús no era garantía de que los discípulos tendrían un camino fácil en la vida.  No era una especie de magia que les iba a proteger de cualquier dificultad.  La verdad es que los apóstoles sufrieron después de la Resurrección, y varios han perdido su vida proclamando el nombre de Jesús.  Sin embargo, tenían la promesa de Jesús.  Sabían que vivían con el Consolador, el Abogado, el Espíritu de Dios vivo.  Jesús había hecho maravillas con los enfermos y con los samaritanos.  La Iglesia crecía de manera como nunca antes se lo podían imaginar. 

 

No era un camino fácil, ni para los discípulos ni para los primeros cristianos.  Enfrentando los problemas de cada día, no tenían un manual de instrucciones, ni un guía para solucionar las nuevas dificultades que encontraron dentro de la Iglesia primitiva.  Jesús no les había dejado detalles de cómo tendrían que proceder en otros países, con gente de otras costumbres y tradiciones, con comunidades que nunca habían visto a Jesús, ni habían escuchado sus palabras.  Tenían solamente la promesa del Espíritu Santo, y los talentos e inteligencia de los líderes de sus comunidades, solucionando los conflictos entre los encargados.  El Espíritu Santo trabajó de buena voluntad en sus corazones y los esfuerzos de sus manos. 

 

Es igual hoy en día.  Estamos viviendo un periodo de confusión y tristeza.  No hay respuesta a las preguntas que nos preocupan.  Por ejemplo: ¿Cómo es posible la violencia que vemos?  ¿Por qué los jóvenes no aceptan la religión? ¿Cuándo podemos vivir sin miedo? Hay mil preguntas y ninguna respuesta adecuada.

 

Sin embargo, tenemos esta misma promesa del Espíritu Santo, del Consolador.  En estos días, Dios no soluciona todos nuestros problemas, pero sí, nos da la capacidad de trabajar en comunidad y buscar la solución.  Su presencia no es menos fuerte entre nosotros que en el tiempo de los apóstoles.  Jesús no nos deja desamparados, ni mucho menos nos deja huérfanos.

 

Su presencia está entre la comunidad, haciendo los mismos milagros hoy.  Tal vez no lo reconocemos, pero hay evidencia concreta de su poder.  Vemos que los hambrientos reciben comida por nuestra generosidad; los enfermos en sus casas reciben consuelo; los ancianos gozan de llamadas de teléfono de los miembros de la comunidad; los niños escuchan la palabra de Dios de sus padres; recibimos a los recién nacidos como parte de la comunidad, prometiéndoles nuestra oración y apoyo; y celebramos juntos, según lo posible, como la familia de Dios.   Cristo vive de verdad en nuestra comunidad. 

 

Mayormente, individualmente, nosotros vivimos de una manera sencilla; y aunque no tenemos manifestaciones extraordinarias ni revelaciones privadas, sabemos que el Espíritu está actuando cuando vemos la generosidad, la alegría, la compasión, la entrega, y la bondad de la gente que nos rodea.  Hoy podemos gozar de las palabras de Jesús, “No los dejaré desamparados.”  

 


"Sr. Kathleen Maire OSF" <KathleenEMaire@gmail.com>


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